Ya no eres la misma tierra mía

En otros tiempos, ¡Oh Tierra,
con tus alas volabas orgullosa
pintada de un amarillo que doraba
las leyendas de tus dioses y diosas,!
y en el azul de tus ríos y mares,
un cielo de esperanzas se reflejaba
y las noches eran bellas y apacibles
y con el noble escarlata se escribía
el coraje de tus héroes con gran brío
luchando en las batallas más temibles
como si fuesen unas fieras en la sierra;
y los condenados, antes de marchar,
antes de que los congelase el frío,
se abrazaban a tu adorada tierra.

Mas hoy, tu bandera por el mundo
vuela agotada y herida, pintada
de un polvo blanco de dolor
y ensangrentada por el lord;
polvo de envidia y de sopor
que se esparce por el mundo
alentando falsas fantasías,
despertando pequeñas alegrías
y humildes corazones va engañando.
Nuestra bandera está herida
y de pena va gritando:
¡Piedad, Paz en esta vida!
Pero Dios no la escucha
y como si fuese una expiación
a tan indeseable y amarga lucha,
el pueblo entero va llorando
la sangre de tus inocentes en acción.

Muchos son tus falsos héroes,
cobardes que no piensan
en tu miseria y tus dolores
que a la vida fácil se entregan
esclavizados por el verde del norte
y así van comprando ilusiones,
destruyendo hogares y razones
sin piedad en sus corazones.
Héroes ilusos que de blanco pintados
corren impregnando su color
y escudados en la gloria y la ambición
a los humildes campesinos compran.
Y los pobres campesinos, aterrorizados
en su tierra, la amapola siembran
sustentando de la vida la ilusión,
de a su familia darle más que una flor
con el fruto de su sangre y su dolor.
Soldados de confusos ideales
y presos entre los matorrales,
atacan, esperanzados en cambiar
las vidas inocentes del mañana;
y van forjando efímeros sueños
y así viven escondidos al acecho,
sin conocer la verdad y el amor;
muchos, con un fusil y sin entrenar,
se entregan, sin el castigo sospechar
porque en la selva y en la montaña
los esperarán los fusiles del Señor.

Desde la Guajira al Amazonas,
navegando el Cauca y el Magdalena
han sembrado una ola de terror,
por tus campos verdes
por los valles y los Andes,
por las aldeas y ciudades
corren como locos combatiendo
y van discerniendo con gran apuro
cómo robarles a los niños su futuro
con una equívoca razón.
El que se resiste a la tentación,
se le invoca una dosis de terror;
unos quedan tuertos, otros mancos,
o por la miseria abandonados;
aquéllos que se alzan en clamor,
aquéllos que defienden tu color
que piden una dosis de justicia
con la pluma del cerebro y el dolor
se les apaga su fatigada voz.
¿Cuántos han sido ya quemados,
cuántos han sido descuartizados
por los escudados en la avaricia,
y por los soldados del rencor,
dejándolos en eterna humillación,
sin un rastro de identificación?
¡Son miles y miles, sin justificación!

¡Ya no eres la misma tierra mía!
Tus leyendas ya no son doradas;
son leyendas de negro vestidas
y mojadas por el llanto de tus almas,
bajo cuatro tablas olvidadas
entre la sangre, y de armas coronadas.
Desde lejos te veo ¡oh tierra mía!
tierra dulce y amada,
destruida y olvidada.
Por tu horizonte ya no brilla
ni el sol, la luna o las estrellas;
por tus caminos ya no corre
aquel caballo blanco
recitando el sueño de Bolívar;
por tus cielos ya no vuela
libremente la imaginación,
y en lo alto de los Andes
se quedó tu cóndor manco
y por las mañanas ya ni se escucha
el canto del ruiseñor.

¡Oh Tierra! en otros tiempos
con tus alas volabas orgullosa!
¡Oh Tierra! en otros tiempos
eras una tierra tan hermosa!
Y hoy, ¡qué pena mi alma siente
por tantos cerebros yertos,
y el saber que hay tantos muertos!
Y no hallo una justa razón en mi mente,
y tus tragedias al escuchar,
qué impotencia, qué angustia
y qué coraje que me dan,
al verte lejana en la soledad
con asesinos tramando en tu obscuridad
para sembrar su magistral furia.
¡En las noches me siento sola y fría,
porque ya no eres la misma, tierra mía!

Union City, California
19 de julio de 1990